La Escuelita de Famailla
Actividades

La luz reparadora de la memoria

Las visitas de los sobrevivientes al Espacio para la Memoria se viven de una forma particular. Están cargadas de sentimientos encontrados. Cada vez que uno de ellos regresa, arroja luz sobre este lugar donde estuvieron a oscuras. 

La larga galería, el portón y el patio central, los baños con letrinas, las aulas que funcionaron como celdas. La sala de tortura, con el camastro electrificado. Los pasos que había que dar para ir de una celda hasta el baño. El sonido de los parlantes con los que anunciaban bailes, festivales y actos en la plaza. Cada una de esas memorias se vuelcan en los relatos de los sobrevivientes del centro clandestino de detención La Escuelita de Famaillá.

Los testigos lo cuentan en cada audiencia del juicio por el Operativo Independencia, lo guardan los que aún esperan para ser llamados a relatar su historia ante un tribunal y lo recuerdan los familiares de quienes estuvieron secuestrados allí, y que pudieron conocer los padecimientos por los que pasaron sus seres queridos.

Es sobre la base de esos relatos que se puede reconstruir lo que pasó en ese centro clandestino de detención y por ello es tan importante cada vez que un sobreviviente decide volver al sitio para reconstruir lo que le pasó.

En julio de este año, visitó La Escuelita de Famaillá, junto a su familia, una sobreviviente del centro clandestino. Las visitas de los sobrevivientes siempre son las más movilizadoras, aunque este fue especialmente conmovedora.

Con pocas palabras y muchos gestos, escribiendo lo que no podía decir, apoyada en el brazo de su sobrina o de su hermana, pudo reconstruir lo que durante años calló. Un médico le explicó, hace tiempo, que estaba enferma de silencio, que necesitaba empezar a contar lo que había pasado. Ella recordaba absolutamente todo. A medida que recorría el sitio, iba señalando los lugares donde había estado encerrada, las aulas que funcionaban como celdas, los baños, el patio.

Al llegar al cuarto -que integra el área construida recientemente- donde están expuestos cuadros y afiches que donaron artistas tucumanos, pidió sacarse una foto junto a la obra de Gabriel Bazán, que representa a una mujer con los ojos vendados. Se colocó un pañuelo sobre los ojos y, ella, a la que le costaba hablar, dijo: “así estaba yo”.

“Ahora puedo ver”, comparó poco después, al salir a la galería. 

Salió del Espacio conmovida, con lágrimas, abrazando a todos los que la habían recibido. Un rato después, caminando por las calles de Famaillá, tenía una sonrisa luminosa pintada en la cara, que brillaba más que el sol que la acompañó durante la visita, como asegurándole que ahí hubiese luz. La luz de los que pudieron salir.

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