La Escuelita de Famailla
Notas

Las 29

Una historia de solidaridad femenina en medio del horror de un centro clandestino que funcionó en la cárcel de Villa Urquiza.

Por Sofía Romera Zanoli

 

La cárcel tucumana de Villa Urquiza, la principal de Tucumán destinada a presos varones, funcionó también como centro de detención clandestina a partir del Operativo Independencia, antesala del terrorismo de Estado, que inició en febrero de 1975 y continuó hasta la dictadura más sangrienta de la historia argentina, que comenzó con el golpe militar del 24 de marzo del 76.

La cárcel ocupó un lugar central en el circuito represivo de Tucumán y -a través de los testimonios de sobrevivientes-, se pudo conocer que, en uno de sus pabellones las fuerzas policiales improvisaron un espacio donde fueron recluidas 29 mujeres junto a sus hijas e hijos. Este espacio clandestino fue bautizado por los captores y sus víctimas como “el pabellón de mujeres” y, según precisaron, estaba ubicado justo al lado de la panadería que funcionaba dentro del penal.

Cárcel de Villa Urquiza.  Inspección ocular realizada en 2014 durante el juicio. FOTO TOMADA POR GENDARMERÍA NACIONAL.

Estas mujeres fuertes, luchadoras, militantes, madres, se hermanaron y lograron establecer una forma de organización que les salvó la vida o por los menos le permitió sobrevivir al terror.  Muchas de ellas tuvieron la posibilidad de volver  a encontrarse en septiembre de 2014, casi 40 años después, en la sala de audiencia del Tribunal Oral Federal de Tucumán, donde se llevó adelante el megajucio por delitos de lesa humanidad: “Villa Urquiza”. Fueron estas mujeres las que lograron reunir junto a abogadas y abogados, las  pruebas necesarias para que delitos sexuales que sus secuestradores cometieron contra ellas y sus compañeras, sean considerados delitos de lesa humanidad.

Lilian Reynaga, de la Asociación de Ex Presos Políticos, secuestrada en julio de 1975, pasó por varios centros clandestinos hasta que la trasladaron al pabellón de Villa Urquiza. La testigo contó en juicio que en el penal se vivía una situación límite. “Había mujeres que eran esclavas sexuales” y era una costumbre de los altos mandos perpetrar simulacros de fusilamiento. “En mayo de 1976 nos hicieron un simulacro y en julio hicieron algo parecido”.

La alimentación era terrible, como todo allí dentro. “De comida, recibíamos un pastoche blanco, era algo indefinido. Veíamos restos de patas de vaca con los pelos. El hambre te hacía comer algo y, si no, nos la pasábamos a mate”, recordó la mujer.

Dentro de la cárcel, nació un bebé, relató Lilian y “las compañeras que estaban detenidas en ese momento tuvieron que hacer de parteras porque no había atención médica”.

La experiencia de ese parto se hizo presente en casi todos los testimonios de las compañeras que compartieron cautiverio en el pabellón, como un recuerdo imborrable, pero aun así, ninguna pudo precisar la identidad de aquella mujer que había sido madre. Sólo en 2017, en otro juicio por delitos de lesa humanidad denominado Operativo Independencia, que se llevó adelante en Tucumán, pudimos conocer a la mujer (su identidad se mantiene en reserva) de la que todas hablaban. Pudimos escuchar la verdad de su secuestro y las torturas que vivió con tan solo 15 años, mientras estaba embarazada y -a través de su relato- pudimos entender que continúan en su presente. “Sólo me dejaron estar dos meses con mi hijo dentro de la cárcel, después se lo dieron a mi marido porque fui trasladada al penal de Villa Devoto y, por circunstancias de la vida, no lo volví a ver nunca más”, declaró ante el tribunal en aquella oportunidad.

A pesar del horror, Lilian destaca que las mujeres se organizaron para dar atención a los niños.”Se podía entrar algo de leche en los paquetes que nos traían nuestras familias cuando se permitían las visitas, o sea que se los pudo alimentar de alguna manera. Se los bañaba con agüita tibia y cantábamos para que no se enteren lo que estaba pasando”. Lilian refirió que, entre las presas, se sorteaban una vez a la semana esa agüita tibia del enjuague de los bebés para bañarse.

Entre las 29 había una mujer a la que las celadoras llamaban “la loca” y le prohibían al resto de las cautivas acercarse a ella, decían que padecía un embarazo psicológico. Esa “loca” era Juana Rosa Peralta de Pedragosa. Su hijo nació meses después,  con secuelas a causa de las torturas recibidas en la Escuelita de Famaillá y en la Escuela de Educación Física, ambos centros clandestinos de detención en los que permaneció secuestrada antes de ser alojada en la cárcel.

Juana Rosa se sentó en la sala de audiencia y -luego de un suspiro- comenzó a contar su historia. Cuando ingresó a Villa Urquiza estaba totalmente golpeada y torturada. “Venía de un infierno”, dijo exactamente. Fue encerrada en una celda separada del resto de las otras mujeres detenidas. “Estaba sola, escuchaba voces que venían de otro lado pero nadie se acercaba, hasta que un día siento la voz de una pequeña (hija de una de las presas) que me preguntaba quién era, cómo me llamaba, y también se acercaron otras chicas que estaban ahí. Había otras embarazadas, niños y adolescentes, hasta  dos abuelas, una de ellas llegó violada”.

Juana Rosa contó que al principio tenía miedo, pero de a poco comenzó a sentir confianza en las otras mujeres; “sentía la contradicción de estar alegre a pesar de la realidad que estaba viviendo, porque podía ver sus rostros”, expresó e inmediatamente recordó que en los otros centros clandestinos siempre estuvo con los ojos vendados.

Cárcel de Villa Urquiza.  Inspección ocular realizada en 2014 durante el juicio. GENTILEZA COLECTIVO LA PALTA

Teresa Sosa también pasó por el pabellón de mujeres: “con las chicas compartíamos todo, comida, ropa, lo que entraba. A veces nos leíamos diarios o libros, pocas veces porque, si nos descubrían, nos sancionaban y no podíamos ver el sol por un mes”. De vez en cuando, recordó Teresa,  las mujeres tenían permiso para salir al patio del penal junto a los más pequeños pero  “todo dependía del humor de las celadoras”. “Vernos, hablarnos, ayudarnos, nos permitió subsistir”.

El megajuicio Villa Urquiza comenzó con 12  imputados, todo ellos ex miembros de las Fuerzas Armadas: Luciano Benjamín Menéndez (ex jefe del Tercer Cuerpo del Ejército), Jorge Omar Lazarte (ex militar), Roberto Heriberto Albornoz (ex policía), Daniel Arturo Alvarez, Ángel Armando Audes, Augusto Wertel Montenegro, Santo González, José Víctor Geréz, Juan Carlos Medrano, Pedro Fidel García, Francisco Alfredo Ledesma y Héctor Manuel Valenzuela (ex guardiacárceles).

 

Sentencia del juicio por delitos de lesa humanidad ocurridos dentro de la unidad penitenciaria de Villa Urquiza. FOTO GENTILIZA COLECTIVOEPPROSARIO. Año 2014.

Dos de ellos, Menéndez y Geréz, fueron separados del debate. El primero porque afrontaba en esos momentos otro juicio por delitos de lesa humanidad en Córdoba, y el segundo por problemas de salud.

Los otros 10 imputados fueron sentenciados por los delitos de violación de domicilio, privación ilegítima de la libertad, torturas, delitos sexuales y homicidios. La condena de Lazarte fue de 18 años de prisión,  Albornoz recibió 8 años; Álvarez 25 años; Audes 20 años; Montenegro y Ledesma 16 años; González 12 años;  Medrano, García  y Valenzuela fueron condenados a cadena perpetua.

Muchas de las condenas aún no se encuentran  firmes.

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