La Escuelita de Famailla
Fechas importantes

Este 8 de marzo, las mujeres hicieron temblar la tierra

“Si nuestro trabajo no importa, produzcan sin nosotras”, dice una de las consignas que convocan al Paro Internacional de Mujeres. El reclamo ya es mundial.

 

Mujer, trabajo y lucha son palabras que van unidas allí donde se mire. Son las obreras las que “paran la olla” cuando hay que salir a aguantar la huelga, y ellas las que dicen basta cuando las condiciones laborales atacan la propia subsistencia. Y sin embargo, son pocos los nombres de mujeres que han trascendido como líderes de movimientos sindicales. En Tucumán, algunas de ellas brillan, deslumbrantes, como Hilda Guerrero de Molina, esposa de un obrero azucarero e integrante de la Rama Femenina peronista, asesinada en enero de 1967 por balas de la policía durante la represión, a escasos metros del sindicato del ingenio Bella Vista. Junto a otras mujeres, organizaba la olla popular y la resistencia al cierre de ingenios perpetrado por orden del dictador Juan Carlos Onganía.

Su muerte desató una pueblada en Bella Vista, en la que la huelga en defensa de la fuente de trabajo se convirtió en pelea política contra la dictadura, cuenta en un artículo para la revista “Trabajo y Sociedad” la investigadora Silvia Nassif, y su figura es un símbolo de resistencia a la explotación.

Otras luchadoras permanecen anónimas, como las costureras tucumanas que protagonizaron el movimiento que logró, por primera vez, reglamentar el trabajo a domicilio para la naciente industria textil, y la huelga que obligó a los patrones a cumplir con los salarios que estableció esa ley. De la formación de ese gremio de la industria del vestido, pionero de la lucha sindical en la Argentina, e integrado en su mayoría por mujeres, en 1935, no han quedado más que nombres de varones. Ninguna tuvo participación en las direcciones de los sindicatos. “Se hizo una historia institucional, sin voz de las mujeres”, consigna en un documental para canal Encuentro la historiadora María Uribarri.

Lo decían ya las anarquistas que escribían “Ni dios, ni patrón, ni marido” en folletos dirigidos a mujeres en 1904: No hay nadie en peor situación que las mujeres pobres, doblemente apremiadas por la sociedad burguesa y por los varones.

La represión a las mujeres luchadoras fue también por ello especialmente brutal, durante el terrorismo de Estado que comenzó en Tucumán en 1975, con el Operativo Independencia. Las que se animaron a desafiar el orden impuesto por la dictadura (aquel que las relegaba a la función reproductiva y doméstica),ya fuese como luchadoras obreras, como intelectuales o como guerrilleras, fueron perseguidas con saña, para disciplinarlas o para desaparecerlas. De cualquier manera, los represores buscaba devolverlas al ámbito de su supuesta esencia femenina, la casa.

Para fines de los 60 y principios de los 70, las mujeres representaban el 28% de la fuerza laboral en Argentina, según consigna Inés Izaguirre, en el artículo ”Mujer y Dictadura”; publicado en la revista del Programa de Investigaciones sobre Conflicto Social, y sin embargo, su pasión militante e iniciativa se equiparaban a la masculina. Ellas, como sus compañeros…”formaban parte de la fuerza revolucionaria (de la época) porque ya sea en la práctica o en el discurso, en la militancia o en la vida cotidiana, sostenían metas de cambio social, aunque no tuvieran en su momento conciencia de ello”, dice Izaguirre.

La lucha por la liberación de la mujer, dice la dirigente trotskista Dora Coledesky,en un trabajo realizado para el Conicet,  se remonta a siglos, pero es en los años 60 y 70 del siglo XX cuando toma carácter de movimiento social y adopta los aportes del feminismo.

“Lo más extraordinario del feminismo y de otros movimientos sociales que irrumpen en la escena en los años 60 y 70 es que aparecen otros sujetos sociales frente a la necesidad de derrumbar una sociedad de explotación y de opresión”, consigna en su trabajo.

El papel de las mujeres luchadoras en los 70 se destaca en un momento de quiebre de muchas prácticas sociales y militantes, nos dice la periodista y activista feminista Marta Dillon. “Se hablaba mucho del ‘hombre nuevo’ y de mujeres compañeras. Se intentaban nuevos vínculos, devenidos de la revolución sexual de los 60, de las organizaciones militantes, de las luchas de las obreras en las fábricas… todo ello contribuyó a forjar un espíritu independiente y rebelde, como la historia de mujeres guerrilleras con los niños a cuestas, culpabilizadas por tener hijos en esas circunstancias, cuando su militancia justamente estaba destinada a transformar el mundo para ellos. Todo eso nos interpela hasta ahora y nos permite educarnos con una experiencia vital y vincular distintas”, insiste Dillon.

Las voces de muchas de las luchadoras sobrevivientes de la dictadura sobre los delitos sexuales en los CCD fueron fundamentales -asegura- y son parte de un camino conjunto entre la lucha por los derechos humanos y el feminismo, para poder juzgarlos como crímenes autónomos y no como una más de las  torturas a las que fueron sometidas las personas secuestradas.

En una época en la que el feminismo se ha convertido en una corriente que busca revolucionar todos los ámbitos de la vida política y social, personal, privada y colectiva, el ejemplo de aquellas mujeres de los 70 es un espejo donde buscarse. “Cuando fui a declarar en el juicio a Miguel Etchecolatz, por la desaparición de mi mamá (Marta Taboada fue secuestrada en febrero de 1977 y fusilada cerca de una comisarìa de Buenos Aires) me acompañaron las compañeras del colectivo Ni Una Menos, con una bandera que decía “Somos hijas de tu desobediencia”, cuenta. Ese espíritu rebelde es el que le da orgullo a la lucha feminista y la vincula con la de aquellas mujeres trabajadoras y militantes de los 70, que también luchaban contra la pobreza y la precariedad de la vida, por un mundo más justo y con plenos derechos sobre sus decisiones, sus cuerpos, su historia.

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