La Escuelita de Famailla
Juicio Operativo Independencia

Reconocieron el lugar donde estuvieron secuestrados

Ocho sobrevivientes del centro clandestino de detención Escuelita de Famaillá, acompañados por jueces, fiscales, querellantes y defensores volvieron el 23 de marzo a recorrer los pasillos y las salas del lugar donde estuvieron secuestrados y fueron sometidos a terribles tormentos.

Durante la inspección ocular, parte del juicio Operativo Independencia, reconocieron los lugares como el descampado donde recibían la comida, la sala donde se llevaban a cabo las torturas y el espacio designado como “oficina”, donde les tomaban los datos y una foto al ingresar, y en algunos casos los obligaban a firmar una declaración.

La música que salía de tres parlantes ubicados en las esquinas del predio atronaba a la hora de las torturas, para tapar los gritos, coincidieron todos.

“Había un chico discapacitado, al que apaleaban y pateaban todo el tiempo, lo hacían para divertirse. Él nos decía que nos preparemos, porque nos iban a matar”, se escuchó en una parte del relato.

Los baños, los mismos que están hoy en funcionamiento, eran los que se usaban cuando allí funcionaba el CCD. “Íbamos de a dos o tres, siempre vendados”, contó Miguel Martínez.

Para comer, los detenidos eran llevados a un patio que, según creen, estaba al lado de la cocina. “Nos sentaban, con una mano esposada a la silla, y una cuchara en la otra”, añadió Gustavo Holmquist. En otros casos, comían en las mismas celdas en las que estaban vendados y atados.

“Los custodios tenían tonada del litoral y tomaban tereré. Lo sabíamos porque escuchábamos que pedían hielo para el mate”, recordó. Las guardias duraban 12 horas, cambiaban a las 7 de la mañana y a las 19. Algunos captores vestían de civil y otros llevaban uniforme verde.

 

Raúl Cabrera, Fermín Núñez, Juan Vázquez, Manuel Yapura, Reynaldo Mercado y la única mujer que acompañó el reconocimiento (y que declaró bajo condición de identidad reservada), coincidieron con esta descripción del lugar y de lo que ocurría allí.

Vázquez relató que pasó dos o tres días sin venda, cuando lo mandaron a limpiar los baños, y que por eso pudo después reconocer el espacio con precisión. Señaló, sin dudar, que fue en el segundo baño donde tuvo que higienizar a otro detenido, que estaba en el suelo y en muy mal estado.

En una de las aulas, relató, vio armas y banderas apiladas. En otra, dijo, había cadáveres. Las paredes estaban pintadas de verde, con un zócalo de medio metro de altura, más oscuro que el resto. A los secuestrados se les asignaba un número y se les colocaba un hilo de color alrededor de la muñeca o del cuello, para identificarlos.

A través de una ventana, que daba a la ruta al ingenio La Fronterita (hoy calle Bartolomé Mitre) alcanzó a divisar un montículo de tierra, como si hubieran cavado en el lugar. “Habrá sido entre fines de marzo y principios de abril, porque poco después me liberaron”, explicó.

La testigo con identidad reservada señaló el lugar donde la encerraron y abusaron de ella. “Estuve sola en un aula, donde había un colchón. Luego me pusieron con muchas otras personas”, señaló.

Reconocieron también el lugar donde funcionaba la sala de tortura, en la que había una cama con elástico de metal, donde recibían descargas eléctricas aplicadas con picana. “En el momento en el que nos torturaban, algunos guardias pegaban gritos como de sapucay (aullido típico del chamamé)”, contó Holmquist.

Martínez recordó que lo llevaron a la galería y le sacaron la venda para hacer que reconozca el cuerpo de un hombre joven, que estaba en el piso, sobre una chapa y con signos de quemaduras. Era Pepe Bulacio, a quien él conocía.

Núñez reconoció que vio a su padre, también secuestrado, en una parte del predio. “Una tarde nos dieron agua en una botella y después de tomarla, nos despertamos horas después, sin acordarnos de nada”, relató.

Cada uno aportó su parte para completar el relato, cada uno llevó un pedacito de historia para armar ese rompecabezas que es la memoria.

El coraje de quienes testifican en los juicios por delitos de lesa humanidad sostiene más que nunca el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia.

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