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La revuelta que dio origen al Día Internacional de los Trabajadores

En 1886,  miles de obreros y obreras de fábricas y talleres en Estados Unidos reclamaban por una jornada laboral de ocho horas. Por Valeria Totongi

Las huelgas y manifestaciones de los trabajadores y trabajadoras fueron reprimidas, un número aún indeterminado de personas murieron a manos de la policía y cientos fueron detenidas y torturadas. Ocho dirigentes anarquistas fueron condenados, cinco de ellos, a morir en la horca. Hoy se los conoce como “Los Mártires de Chicago”.

 

“Si usted cree que ahorcándonos puede eliminar al movimiento obrero, el movimiento del cual millones de pisoteados, millones que trabajan duramente y pasan necesidades y miserias esperan la salvación, si esa es su opinión, entonces ahórquenos. Así aplastará una chispa, pero acá y allá, detrás de usted y frente a usted y a sus costados, en todas partes se encienden llamas. Es un fuego subterráneo. Y usted no podrá apagarlo”.

Con estas palabras enfrentó August Spies, militante anarquista, obrero de la fábrica McCormick, la sentencia que lo condenaba a morir en la horca, tras la rebelión en Estados Unidos para reclamar una jornada laboral de ocho horas.

Los beneficios de los que goza la clase obrera sindicalizada o que trabajan “en blanco” no surgieron por la buena voluntad de los empleadores ni por una decisión estatal de mejorar las condiciones laborales. Se consiguieron en las calles y en las fábricas, con huelgas, con marchas, con fuerza contra los rompehuelgas y -en no pocos casos- con sangre.

El Día Internacional de los Trabajadores se instituyó con el fin de conmemorar una de esas luchas históricas,  en la gran mayoría de los países del mundo. Una excepción es Estados Unidos, paradójicamente el lugar donde surgió la revuelta que hoy se conmemora. Allí se celebra el Labor Day” (Día del Trabajo), en septiembre.

 A fines del siglo XIX, Estados Unidos era un hervidero de inmigrantes pobres y peones rurales escapados de las hambrunas en Europa o expulsados del campo. Eran los albores de la Revolución Industrial y Chicago era la segunda ciudad más importante del país. Del oeste y del sudeste llegaban cada año por ferrocarril miles de ganaderos desocupados, que pasaron a instalarse en las afueras de la ciudad y formaron los primeros caseríos humildes que albergarían a cientos de miles de trabajadores.

El 1 de mayo de 1886, en esa ciudad industrializada, se iniciaron las huelgas en reclamo por una jornada limitada (a veces llegaban a trabajar 18 horas) y mejores condiciones laborales. Las protestas, organizadas por obreros socialistas y anarquistas, se extendieron y profundizaron. Durante esos días, la policía dispersó violentamente varias veces las manifestaciones, a las que se habían sumado de manera masiva las obreras del rubro de la sastrería. Los dueños de las fábricas sólo lograron mantener la producción utilizando rompehuelgas.

La manifestación comenzó con más de 80.000 trabajadores. Luego, el conflicto se fue extendiendo a otras ciudades de Estados Unidos y más de 400.000 obreros, en 5.000 huelgas simultáneas, entraron en paro. Los días siguientes trajeron una escalada de violencia. Hubo enfrentamientos entre los trabajadores y la policía, quien reprimió y mató a seis personas el 3 de mayo, en las puertas de la fábrica McCormick. El momento de quiebre se produjo el 4 de mayo, día conocido como la “Masacre de Haymarket”.

El 4 de mayo, en medio de una tensión insoportable en la ciudad, se produjo la “Revuelta de Haymarket”. Al término de un acto que tenía el permiso del alcalde, las fuerzas de seguridad arremetieron contra los que quedaban y avanzaron con 180 uniformados sobre los obreros. En ese momento, alguien hizo explotar una bomba que hirió 67 policías siete de los cuales murieron. La respuesta se expresó con disparos contra los trabajadores. Muchos fueron asesinados, no se sabe cuántos.

El Gobierno declaró el estado de sitio y el toque de queda; en los días siguientes detuvieron a cientos de huelguistas, que fueron golpeados y torturados brutalmente por sus ideas. La prensa amarilla pedía sangre:

“¡Qué mejores sospechosos que la plana mayor de los anarquistas. ¡A la horca los brutos asesinos, rufianes rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación, y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas!”

Ocho dirigentes fueron condenados por el delito de conspiración tras un proceso judicial plagado de irregularidades y de prejuicios, en los que se condenó a ocho huelguistas acusados de haber provocado los disturbios, pero en realidad los argumentos giraron en torno a sus ideas políticas. A mediados de 1886, cinco de ellos fueron sentenciados a morir en la horca (uno de ellos se suicidó en su celda). De los otros tres, dos recibieron cadena perpetua y uno a cumplir 15 años de trabajos forzados.

En honor a estos “Martires de Chicago”, el Congreso Obrero Socialista de la II Internacional instauró, en 1889, el 1° de Mayo como el “Día Internacional de los Trabajadores”.

Ellos eran:
Samuel Fielden (inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil, condenado a cadena perpetua).
Oscar Neebe (estadounidense, 36 años, vendedor, condenado a quince años de trabajos forzados).

El 11 de noviembre de 1887, fueron ejecutados en la horca:

Michael Schwab (alemán, 33 años, tipógrafo, condenado a cadena perpetua)
George Engel (alemán, 50 años, tipógrafo)
Adolf Fischer (alemán, 30 años, periodista)
Albert Parsons (estadounidense, 39 años, periodista, esposo de la mexicana Lucy González Parsons)
August Vincent Theodore Spies
(alemán, 31 años, periodista)
Louis Lingg (alemán, 22 años, carpintero), para no ser ejecutado se suicidó en su propia celda

Las palabras de Parsons, el día de la sentencia resonaron en la sala del juicio:

“El principio fundamental de la anarquía es la abolición del salario y la sustitución del actual sistema industrial y autoritario por un sistema de libre cooperación universal, el único que puede resolver el conflicto que se prepara. La sociedad actual sólo vive por medio de la represión, y nosotros hemos aconsejado una revolución social de los trabajadores contra este sistema de fuerza. Si voy a ser ahorcado por mis ideas anarquistas, está bien: mátenme”

Rebelde hasta el último minuto, Spies grita: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Ese último relato lo hace José Martí, el pensador cubano que encabezó pocos años después la Guerra de Independencia de Cuba.

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